Comparto mis reflexiones en el Foro
"La
escuela y la sociedad de la información"
La
lectura de los textos, el video propuesto, y la conferencia de Gabriel Brener
del siguiente módulo me provocaron reflexiones que tal vez excedan los temas
propuestos en el cuestionario pero que considero subyacen a las
concepciones con las cuales realizamos
este curso y las expectativas que tenemos de él.
No es
posible responder a la pregunta: ¿qué es ser un estudiante hoy?, sin
contextualizar la sociedad en la que la educación hoy transcurre: una
determinada configuración social que podríamos situar desde mediados de la
década del ´80, profundamente agravada durante los ´90, con la destrucción de
la familia y la destrucción de la escuela pública. En ese contexto la
televisión juega cada día más un rol fabuloso de construcción y moldeado de
ideas sobre la sociedad y sobre la educación, en particular (32 % de encendido
con Tinelli nos dice mucho al respecto).
En
consonancia con la destrucción de la escuela pública, el Estado ha tenido una
enorme eficacia en correrse de los problemas, en evadir toda responsabilidad
sobre la crisis educativa y en incentivar el conflicto y el pase de facturas al
interior de las instituciones educativas (docentes-alumnos,
docentes-directivos, docentes-padres, alumnos-alumnos, etc.). Ese Estado que
“aparece” como ausente tuvo, tiene y sigue teniendo proyectos educativos (aún
en los peores años de las políticas menemistas de desfinanciamiento,
atomización y mercantilización de la educación, la escuela funcionó como
“comedor”) que se plasman en políticas concretas. La aparente ausencia del
Estado traslada el conflicto al interior de las instituciones educativas. Así,
el reclamo hacia el Estado desaparece.
¿Para qué vienen a la escuela los alumnos? Erróneamente
solemos darle a esa pregunta una sola posible respuesta: a aprender. Sin
embargo, nos encontramos con otra realidad. Esa respuesta se choca, cuando no
colisiona, con la vivencia que ellos tienen allí adentro, en el aula. La
escuela media, para ellos, es una obligación. Frente a ella, ejercitan
diversidad de estrategias, entre las que no necesariamente (dependiendo de la
escuela de que se trate, del sector social mayoritario que en ella habita, del
proyecto institucional y educativo que la enmarque y sostenga, etc.) se
encuentra la de aceptar su “deber-ser” como individuo abierto al conocimiento
que sus docentes pretenden transmitirle. Por el contrario, en muchos casos sus
tácticas escolares se enmarcan en la estrategia del “zafar”, de “aparentar”, de
“burlar”, cuando no de evidenciar su “enojo” con esa obligación, de rebelarse
mediante la indiferencia o la constante provocación.
En ese contexto nuestro desafío en las aulas estriba en la
búsqueda de los caminos que provoquen el deseo, la curiosidad, que conecten con
sus preocupaciones e intereses. El desafío que tenemos es poder concebir
nuestro rol docente como un vehículo entre los contenidos que seleccionamos
como fundamentales para brindarles a nuestros alumnos y sus potencialidades,
sus capacidades para apropiárselos y darles significación, y no como meros
transmisores de información. Desde ya no es sencillo y, sobre todo, estamos
bastante solos en esta tarea.
Desde
fines de la última dictadura militar, con un discurso fuertemente
“antidictatorial” se promovieron prácticas educativas que, bajo un manto
“democratizador”, confundieron autoridad con autoritarismo y no sólo no
ayudaron a democratizar la tarea educativa sino que la vaciaron de sentido.
El
ejercicio de autoridad en las escuelas se ha perdido porque se fue
desvaneciendo el sentido de nuestra tarea y en consecuencia se fue perdiendo el
vínculo necesario para la producción de conocimiento, para la posibilidad de
generar aprendizajes. Cada vez más nos encontramos con una indiscriminación
entre el que enseña y el que aprende.
En la
llamada sociedad de la información en la que supuestamente se ha democratizado
la posibilidad de acceso al conocimiento (aunque está profundamente
monopolizado, ¿o acaso los navegadores y los buscadores de internet, por
ejemplo, no están en manos de dos o tres grandes?), los docentes nos
encontramos realizando una tarea sin sentido.
Desde las
teorías constructivistas que achican el rol del docente en el proceso de
aprendizaje hasta hacerlo casi desaparecer, como así también los discursos
actuales que exaltan el rol de las TIC como si por sí mismas bastaran para el
proceso educativo, y, por último, la difusión de la teoría de la
“democratización” del conocimiento a partir de la masificación de Internet, son
muy variados los dispositivos que, por distintos caminos, conducen a eliminar
la tarea docente y convertirla en un mero acompañante de un proceso que los
alumnos podrían realizar sin escuela.
Sin
embargo, es necesario discriminar y ponderar en su justa medida el tipo de
conocimiento adquirido por las vías
virtuales: superficialidad, precariedad, inmediatez, ocasionalidad, levedad. La
llamada sociedad de la información puede proveernos de instrumentos muy
valiosos para la tarea educativa pero, al mismo tiempo, genera costumbres y
hábitos con los que necesitamos enfrentarnos, la educación requiere romper con
la superficialidad, la fluidez, el “aquí y ahora” en los que nuestros alumnos
transcurren y que se transforman en hábitos muy obstructivos para nuestros
objetivos pedagógicos.
Necesitamos
replantearnos ¿existe tarea de enseñanza que parta de los docentes y de las
instituciones educativas?
¿Tenemos
los docentes algo para transmitir, algo para enseñar? Yo estoy profundamente
convencida de que la respuesta es SÍ!!!. Pero ¿qué enseñamos? Ahí creo que se
encuentra el meollo de la cuestión. Ya no existe el alumno sumiso, callado,
obediente, caja vacía que incorporaba acríticamente contenidos que en muchos
casos resultaban inservibles y se olvidaban en corto tiempo. Sea eso
bienvenido!, pero no en pos de derribar el sentido de la docencia, sino para
revisar el sentido de la enseñanza, para revisar los contenidos que enseñamos.
…
entonces: ¿cuál es nuestra tarea?
Me animo
a deslizar algunos que considero fundamentales: brindar las claves para poder
comprender, mecanismos de razonamiento, de discernimiento: estos contenidos no
los enseña la televisión (con la excepción de unos pocos programas sin rating),
no los enseña Internet.
Propongo
buscar por esos senderos el sentido de nuestra tarea y creo que en este camino
las tics nos pueden ayudar a acercarnos a nuestros alumnos, pueden ser instrumentos muy valiosos que los estimulen, provoquen y entusiasmen. En esta perspectiva me
atrae, preocupa e interesa conocer los alcances que dichas herramientas pueden
tener, posibles aplicaciones, experiencias interesantes, pero, al mismo tiempo,
es necesario que tengamos también presentes sus límites y que no son, de
ninguna manera, un remedio mágico para todos nuestros “sufrimientos” en la
escuela de hoy. La superficialidad, la fluidez, el “aquí y ahora” (elementos
que abundan en el video propuesto) son efectos de la llamada “sociedad de la
información” sobre nuestros alumnos. Todas características que colisionan con
la tarea educativa.
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