viernes, 24 de agosto de 2012

Ser estudiante hoy


Comparto mis reflexiones en el Foro 

"La escuela y la sociedad de la información"

La lectura de los textos, el video propuesto, y la conferencia de Gabriel Brener del siguiente módulo me provocaron reflexiones que tal vez excedan los temas propuestos en el cuestionario pero que considero subyacen a las concepciones  con las cuales realizamos este curso y las expectativas que tenemos de él.

No es posible responder a la pregunta: ¿qué es ser un estudiante hoy?, sin contextualizar la sociedad en la que la educación hoy transcurre: una determinada configuración social que podríamos situar desde mediados de la década del ´80, profundamente agravada durante los ´90, con la destrucción de la familia y la destrucción de la escuela pública. En ese contexto la televisión juega cada día más un rol fabuloso de construcción y moldeado de ideas sobre la sociedad y sobre la educación, en particular (32 % de encendido con Tinelli nos dice mucho al respecto).

En consonancia con la destrucción de la escuela pública, el Estado ha tenido una enorme eficacia en correrse de los problemas, en evadir toda responsabilidad sobre la crisis educativa y en incentivar el conflicto y el pase de facturas al interior de las instituciones educativas (docentes-alumnos, docentes-directivos, docentes-padres, alumnos-alumnos, etc.). Ese Estado que “aparece” como ausente tuvo, tiene y sigue teniendo proyectos educativos (aún en los peores años de las políticas menemistas de desfinanciamiento, atomización y mercantilización de la educación, la escuela funcionó como “comedor”) que se plasman en políticas concretas. La aparente ausencia del Estado traslada el conflicto al interior de las instituciones educativas. Así, el reclamo hacia el Estado desaparece.

¿Para qué vienen a la escuela los alumnos? Erróneamente solemos darle a esa pregunta una sola posible respuesta: a aprender. Sin embargo, nos encontramos con otra realidad. Esa respuesta se choca, cuando no colisiona, con la vivencia que ellos tienen allí adentro, en el aula. La escuela media, para ellos, es una obligación. Frente a ella, ejercitan diversidad de estrategias, entre las que no necesariamente (dependiendo de la escuela de que se trate, del sector social mayoritario que en ella habita, del proyecto institucional y educativo que la enmarque y sostenga, etc.) se encuentra la de aceptar su “deber-ser” como individuo abierto al conocimiento que sus docentes pretenden transmitirle. Por el contrario, en muchos casos sus tácticas escolares se enmarcan en la estrategia del “zafar”, de “aparentar”, de “burlar”, cuando no de evidenciar su “enojo” con esa obligación, de rebelarse mediante la indiferencia o la constante provocación.
En ese contexto nuestro desafío en las aulas estriba en la búsqueda de los caminos que provoquen el deseo, la curiosidad, que conecten con sus preocupaciones e intereses. El desafío que tenemos es poder concebir nuestro rol docente como un vehículo entre los contenidos que seleccionamos como fundamentales para brindarles a nuestros alumnos y sus potencialidades, sus capacidades para apropiárselos y darles significación, y no como meros transmisores de información. Desde ya no es sencillo y, sobre todo, estamos bastante solos en esta tarea.

Desde fines de la última dictadura militar, con un discurso fuertemente “antidictatorial” se promovieron prácticas educativas que, bajo un manto “democratizador”, confundieron autoridad con autoritarismo y no sólo no ayudaron a democratizar la tarea educativa sino que la vaciaron de sentido.

El ejercicio de autoridad en las escuelas se ha perdido porque se fue desvaneciendo el sentido de nuestra tarea y en consecuencia se fue perdiendo el vínculo necesario para la producción de conocimiento, para la posibilidad de generar aprendizajes. Cada vez más nos encontramos con una indiscriminación entre el que enseña y el que aprende.

En la llamada sociedad de la información en la que supuestamente se ha democratizado la posibilidad de acceso al conocimiento (aunque está profundamente monopolizado, ¿o acaso los navegadores y los buscadores de internet, por ejemplo, no están en manos de dos o tres grandes?), los docentes nos encontramos realizando una tarea sin sentido.

Desde las teorías constructivistas que achican el rol del docente en el proceso de aprendizaje hasta hacerlo casi desaparecer, como así también los discursos actuales que exaltan el rol de las TIC como si por sí mismas bastaran para el proceso educativo, y, por último, la difusión de la teoría de la “democratización” del conocimiento a partir de la masificación de Internet, son muy variados los dispositivos que, por distintos caminos, conducen a eliminar la tarea docente y convertirla en un mero acompañante de un proceso que los alumnos podrían realizar sin escuela.

Sin embargo, es necesario discriminar y ponderar en su justa medida el tipo de conocimiento  adquirido por las vías virtuales: superficialidad, precariedad, inmediatez, ocasionalidad, levedad. La llamada sociedad de la información puede proveernos de instrumentos muy valiosos para la tarea educativa pero, al mismo tiempo, genera costumbres y hábitos con los que necesitamos enfrentarnos, la educación requiere romper con la superficialidad, la fluidez, el “aquí y ahora” en los que nuestros alumnos transcurren y que se transforman en hábitos muy obstructivos para nuestros objetivos pedagógicos.

Necesitamos replantearnos ¿existe tarea de enseñanza que parta de los docentes y de las instituciones educativas?

¿Tenemos los docentes algo para transmitir, algo para enseñar? Yo estoy profundamente convencida de que la respuesta es SÍ!!!. Pero ¿qué enseñamos? Ahí creo que se encuentra el meollo de la cuestión. Ya no existe el alumno sumiso, callado, obediente, caja vacía que incorporaba acríticamente contenidos que en muchos casos resultaban inservibles y se olvidaban en corto tiempo. Sea eso bienvenido!, pero no en pos de derribar el sentido de la docencia, sino para revisar el sentido de la enseñanza, para revisar los contenidos que enseñamos.
… entonces: ¿cuál es nuestra tarea?
Me animo a deslizar algunos que considero fundamentales: brindar las claves para poder comprender, mecanismos de razonamiento, de discernimiento: estos contenidos no los enseña la televisión (con la excepción de unos pocos programas sin rating), no los enseña Internet.

Propongo buscar por esos senderos el sentido de nuestra tarea y creo que en este camino las tics nos pueden ayudar a acercarnos a nuestros alumnos,  pueden ser instrumentos muy valiosos que los estimulen, provoquen y entusiasmen. En esta perspectiva me atrae, preocupa e interesa conocer los alcances que dichas herramientas pueden tener, posibles aplicaciones, experiencias interesantes, pero, al mismo tiempo, es necesario que tengamos también presentes sus límites y que no son, de ninguna manera, un remedio mágico para todos nuestros “sufrimientos” en la escuela de hoy. La superficialidad, la fluidez, el “aquí y ahora” (elementos que abundan en el video propuesto) son efectos de la llamada “sociedad de la información” sobre nuestros alumnos. Todas características que colisionan con la tarea educativa.

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